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Click 6

On Mañana cumplo 49 años. Ese número anuncia la inminente llegada de los 50 en tan sólo un año. Estoy tan agradecida con la vida. Tan...

jueves, 14 de abril de 2016

Click. Segunda parte.

On.

Play.
Tengo 7 años. Mi mamá me llama al cuarto y me dice que me quiere contar un secreto. Me dice que va a tener un bebé pero que no le puedo contar a nadie. Es un secreto entre ella y yo. Un secreto es algo muy difícil de guardar. Trato de no contar pero sin querer se lo digo a mi tía, pero le digo que es un secreto que me contó mi mamá. Mi tía le cuenta a mi mamá. Mi mamá está muy enojada y me dice que nunca más me va a tener confianza. Lloro mucho.

Soy una tonta boca floja.

Fast Forward.
Tengo 9 años y soy amiga de don Otilio, un señor viejito que vive en la casa de la esquina donde pasa por mi el bus de la escuela. Es un señor muy buena gente y todas las mañanas me saluda cariñoso, con un abrazo. Un día me abraza por más tiempo que siempre y no me gusta. Me mete la mano adentro de la blusa de la escuela. Me dice que “solo quiere ver si ya me estoy haciendo grande” y que “es un secreto entre el y yo.“

Un secreto.

Me siento sucia.

No quiero esperar el bus en esa esquina.

No quiero ver más a don Otilio porque cuando lo veo me dan ganas de vomitar.

Estoy triste.

Una tarde mi mamá me lleva con ella al baño y me sube en la tapa del inodoro para que quedemos a la misma altura. Me dice que siente que estoy diferente. Me pide que le cuente, pero le digo que no puedo porque es un secreto. Mi mami me explica que hay secretos que uno no se puede guardar.

La gente grande y sus secretos me tiene muy confundida.

Mi mamá poquito a poquito hace que yo le cuente todo y me dice que nunca NADIE puede hacerme lo que ese viejo me hizo y me dice que nunca más tenga miedo de contarle algo así. Me dice que me tengo que defender siempre, que tengo que entender que ella no siempre va a estar para mi. Que yo soy responsable de mi misma, de mis alegrías y de mis tristezas, de mis éxitos y mis fracasos.

Yo soy responsable de mi misma.

Ya no estoy triste. Estoy muy enojada y cada vez que veo al viejo ese en la calle del barrio, lo persigo, le pego bien duro con la sombrilla o los cuadernos y le grito que es un cochino. Así, frente a quién esté. Ahora es ese viejo el que me tiene miedo a mi y sale corriendo cada vez que me ve. Ahora espero que sea a él al que le den ganas de vomitar.

Aprendo que tengo que tener más cuidado y que no puedo ser tan cariñosa como siempre he sido.

Desde ese día solo uso blusas flojitas.

Tengo que cuidarme solita. Yo soy mi propia defensora.

Fast Forward
Tengo 25 años y recientemente entré a trabajar en una agencia de publicidad. El gerente general es un acosador sexual, pero nadie dice nada…

es un secreto a gritos..

Odio los secretos y sé muy bien que el que calla otorga.

Una tarde, ese tipo obliga a una compañera a sentársele en los regazos frente a todo el mundo, mientras ella no se defiende.

El miedo y la opresión, son maravillosos aliados de los tipos como este.

Por lo visto, a mi compañera no le enseñaron nunca a defenderse. A que ella es responsable de ella misma, pero en ese momento no estamos para lecciones. Estoy tan furiosa que solo quisiera tener una sombrilla en la mano para estrellársela en la cabeza a ese tipo. Agarro a mi compañera del brazo, la alejo del viejo y le digo a el que si la vuelve a tocar, yo lo denuncio con el Ministerio de Trabajo. Se hace un gran silencio en la oficina.

El gerente no vuelve a tocar a nadie, porque ahora ya no es un secreto. Ahora ya todos están al tanto. Me sorprendo al darme cuenta que en mi, el sentido de justicia es mas fuerte que el miedo.

Rewind
Estoy sentada en primera fila en el Teatro Nacional. Tengo 9 años. Estoy con mi papá en el estreno de la obra Divinas Palabras. Mi mamá hace del personaje principal. Amo el teatro. Amo todo lo que pasa en el teatro. Los camerinos, los vestuarios, las pelucas, el maquillaje, la escenografía, las luces.
Yo se que lo que ven los demás es diferente a lo que veo yo, porque yo acompaño a mi mamá a todos los ensayos y la ayudo a aprenderse los textos.
La gente del público cree que los personajes son de verdad y lloran y se ríen y se asustan, pero yo no.

De repente, en la escena, a mi mamá la atacan los otros personajes y le arrancan la blusa.

Toda la blusa.

Completa y totalmente toda la blusa.

¡A mi mamá se le ven las tetas!

Miro a mi papá a ver qué cara pone, pero no pone ninguna. Cuando la obra se termina veo como todo el público se levanta y aplaude tanto que mi mamá tiene que salir hasta 4 veces a dar las gracias, ya con otra blusa puesta. La gente grita ¡¡Bravo!! Y yo estoy muy orgullosa de ser hija de mi mamá.
Al día siguiente en la escuela, mis compañeros me dicen que mi mamá es una puta porque salió sin ropa en el teatro.
Yo defiendo a mi mamá y trato de que entiendan que no es una puta.

Que es una actriz y que así era la obra.

No les importa.

Se burlan tanto de mi y de mi mamá que me quiero morir.

Me voy a meter en la biblioteca y trato de no llorar pero me duele la garganta del esfuerzo.

Tengo mucha vergüenza.

Odio tener que defenderme de algo que no hice yo.

¿Por qué no puedo tener una mamá como las de mis compañeros?

Pausa.
Mi mamá nunca fue como las otras mamás.

Fue la actriz con un talento tan portentoso, que lograba que yo dejara de verla a ella y viera al personaje que encarnaba.

Porque eso era más fácil que atreverse a ser ella misma.

Porque ver hacia dentro de ella misma era mucho más difícil que aprenderse un monólogo de mil páginas.

Fue una monja enamorada, fue Emily Dickinson, Shirley Valentine, Ana Frank, María Estuardo, la mujer Serbia… y se gustaba más en el escenario de lo que se gustaba en la realidad.

Su profesión fue su amor más grande. La amaba tanto que de alguna forma todo lo demás era secundario. La distancia que nos separaba se hacía corta cuando la veía en escena y gigante en la vida real.

Sin dejar de amarla, aprendí que para mi nunca, ninguna profesión, iba a ser más importante que hacer familia. Aprendí que el personaje principal en la escena de mi vida, era yo. Que el viaje interior y la introspección, el auto cuestionamiento y la dirección clara son mucho más importantes que la necesidad de aprobación o el aplauso de alguien más.

Play.
Tengo 31 años. Estoy embarazada de mi segunda hija, sentada en el teatro, para el estreno de “Los Monólogos de la Vagina”. Es una de las primeras obras en las que no he ayudado a mi mamá a repasar el texto. La obra da inicio y nuevamente mi mamá me lleva de la mano en un recorrido por las vivencias del personaje que encarna. Nuevamente dejo de verla a ella y veo a la mujer Serbia que llora desesperada por su pueblo y su femenidad mutilados.

Termina la obra y no paro de llorar.

Lloro de dolor por esa mujer Serbia y lloro de orgullo por ser hija de quien le da vida una vez más.

Pausa.

Continuará.

martes, 22 de marzo de 2016

Click. Primera parte.

Un fin de semana de esos en los que simplemente no quise salir de la cama, pesqué en la tele una película con este nombre. Click. La traducción al español era “Click, perdiendo el control”. No era la primera vez que la veía y confieso que estoy clara con respecto a que no es la mejor película del mundo.

Puede ser que esta vez, la dichosa película me “agarró” en un estado más filosófico y contemplativo, pero cuando terminó, yo tenía los ojos llenos de lágrimas y el corazón un poquito adolorido.

Tengo 46 años bien vividos. Intensos como yo, felices y ahora mucho más apacibles en la mayoría de los temas. Menos complicados y con una Irene más agradecida, más desapegada a lo que no importa y más clara en lo que sí. Bastante sin miedo cuando tengo que dejar ir y menos dispuesta a permitir que me hagan daño, sea quien sea.

Estoy en un momento completamente diferente a cualquier otro, probablemente un poco más cerca del final de mi vida. No creo poder decir con total certeza, que estoy a la mitad, porque aunque no fui nunca buena en matemática, 46 x 2 son 92…y quién sabe, pero le he pedido mucho a quien me quiera escuchar arriba, que quiero calidad y no cantidad de años.

Esta hermosa vida mía, se ha ido componiendo de cientos de miles de millones de momentos, decisiones y escogencias. Es un cúmulo de vivencias, experiencias y aprendizaje constante, que en algunos casos, me ha dejado más de una cana expuesta.

Qué rico hubiera sido tener uno de esos controles, para adelantar a velocidad vertiginosa los malos momentos o “saltarme la escena” y poner en cámara lentísima esos momentos dulces, para vivirlos con mayor intensidad, a fueguito lento…

On.

Play.
Tengo 6 años. Mi papá y mi hermano hablan de irse a un lugar que se llama Limón… que nombre tan chistoso.

Es una aventura.

Pido que me lleven con ellos. Mi hermano dice que no. Lloro. Mi papá se ríe y dice que si. Uno de los mejores paseos de toda mi vida. Hotel espantoso, nos robaron la cámara en Cahuita. Fuimos a perseguir a los ladrones. Volvimos a la casa con las manos vacías pero con anécdotas que se mantienen hasta el día de hoy.
Repito esta escena y la mujer de 46 vuelve a sentirse la niña feliz, solo por que si, de 6.

Play.
Tengo 8 años. A Suki, la mascota de la casa que nunca me quiso, pero que yo adore, la mató un carro. Yo la encontré. Hemos llorado todos y la casa se siente vacía sin ella. Ya me voy a dormir cuando entra mi papá a mi cuarto. Está escondiendo algo detrás de el… Es una bolita de pelos, blanca con café, muy pequeña.

¡¡¡Es MIA!!!

Se llama Lucerito y mi papá me dice que aunque llore no me da permiso de subirla a mi cama. Me la deja y apaga la luz. Me acuesto en mi cama y dejo a Lucy en el suelo al lado mío.

Llora.

Mi papá no me dijo nada acerca de bajar el colchón al piso. Lucy y yo dormimos pacíficamente hechas una misma cosa.

Amo a mi papá.

Es lo mejor que ha dado la vida.

Forward.
Tengo 10 años. Es la mañana de un sábado y estoy a punto de desayunar un enorme plato de Rice Krispies con leche y banano junto con mi papá, quién milagrosamente está desayunando a esa hora. Estamos solos el y yo. Mi papá levanta la cabeza y sin más preámbulo me dice “tu mama y yo nos vamos a divorciar”. La cuchara no llega a revolver el azúcar en el cereal. Corro escaleras arriba y me tiro a llorar con mi hermano, que solo puede medio consolarme.

Fast forward.
Tengo 38 años. Estoy a punto de firmar el divorcio después de un pésimo matrimonio. Echo la vista atrás con agradecimiento a lo vivido y aprendido a partir de mis 10 años y firmo con alegría mi vuelta a la vida.

Rewind.
Tengo 8 años. Lloro desconsolada. Hace unos días, doña Julia Nagel me explicó porqué ella tenía ese número en el brazo.

Doña Julia… bella, dulce y amorosa.

Acabo de entender el Holocausto pero sigo sin entender.

Mi almita pequeña no entiende cómo el ser humano puede hacerle eso a su congénere.

Nada me consuela.

Fast forward.
En el colegio, a uno de mis compañeros se le ocurre la genial idea de decirme “heil Hitler” para molestarme. Lo dejo encerrado en el cuarto de lockers y hago que lo suspendan por 3 días. Si algo me quedó claro de lo aprendido a los 8, es que nunca más nos quedamos callados.

Me descubro como una persona fuerte y me caigo bien.

Play.
Tengo 13 años y le pregunto a mi mamá qué harían ellos si yo decido casarme con un no judío. Terreno complicado y una pregunta que hace que mi mamá tenga que pararse a pensar su respuesta. “Si te ama a vos, nosotros lo amaremos a él”…

Fast forward.
Conocí a un alemán no judío. Como decimos en Costa Rica, la hice negra, trompuda, culona y bailarina. Me voy a casar con él. Mi papá lo ama porque se quiere casar conmigo y porque parece ser un buen hombre. Mi mamá solo dice una cosa. “No me da confianza”… Ese sexto sentido de las madres. No hago caso a sus temores y la regaño por lo que creo es prejuicio.

Rewind.
Tengo 12 años. Mis papás están recientemente divorciados. Mi papá nos visita a mi hermanita y a mi pero se echa a llorar en la entrada de la casa. Mi hermanita se asusta. Me coloco en medio de ella y mi papá y le digo a él: ”Frente a la chiquita no llore”.

Mi mamá no se entera. Mejor no le cuento. Le va a doler mucho y se va a enojar más con mi papá.

Yo puedo solita.

Play.
Salimos el domingo con mi papá. Mi mamá dormía otra vez con dolor de cabeza. Antes de irme me pidió que le hiciera un masaje. Mi papá otra vez no está feliz. Ya nunca está feliz. Habla mal de mi mamá. Le digo que pare y no lo hace. Le repito que pare y le digo que si no me bajo del carro. No lo hace. Me bajo del carro y me devuelvo a la casa en taxi. Mi mamá no se entera.

Yo puedo solita pero los odio a los dos.

Es lo peor que me puede haber pasado en la vida.

Forward.
Estoy casada y mi recién estrenado esposo no para de discutir. Le digo que pare. No lo hace. Le repito que pare o me bajo del carro. Sigue discutiendo sin sentido. En el siguiente alto, me bajo del carro y me devuelvo a pie a la casa. Déjà vu.

Play.
Tengo un exámen de embarazo en mis manos y es positivo. Mi corazón quiere estallar de la felicidad. Mi esposo entra en pánico y no me habla por 3 días. Le digo tranquilamente que si para el el susto es mayor a la alegría, puede irse por donde entró. Finalmente me vuelve a hablar. Quiero vomitar todo el día. Quiero mango verde y café con leche a la misma vez. Quiero chop suey a las 9 de la mañana y milkshake de café a las 11 de la noche… este frijolito que llevo dentro está a punto de matarme a punta de antojos que terminan en el excusado. Soy feliz.

Soy tan feliz.

Rewind.
Tengo 10 años y juego a estar embarazada con un almohadón en la panza. Qué linda me voy a ver cuando esté embarazada de verdad. Voy a ser tan feliz.

Forward. 31 de Julio de 1985
Tengo 15 años. Mi hermana Mariana se va a casar otra vez. Su futuro esposo se llama Avi y es lo máximo. Mariana está feliz. Avi se siente mal. Tiene fiebre y mucho dolor de espalda. Me pide que le haga masajes pero muy suaves porque le duele mucho. Hoy es la boda. ¡Mi hermana está tan feliz!, mis papás también… yo estoy más feliz que todos. Tengo a Avi que es como mi papá.

Sin control.
1 de agosto de 1985.
Hoy tuvimos que llevar a Avi al hospital, porque siguió sintiéndose pésimo. Nos acaban de decir que tiene cáncer terminal. No hay nada que hacer. Mariana se quiere morir con el y yo me quiero morir en lugar de el. A mi todavía no me necesita nadie… no entiendo nada de esto. No me quiero enojar con D-os pero en este momento lo detesto.

Forward. 5 de febrero de 1986.
Me despierta a las 7 30 de la mañana una sensación de urgencia. Despierto a mi hermano y a mi cuñada y les digo que tenemos que irnos inmediatamente al hospital aunque nadie nos ha llamado. Me hacen caso. Llegamos pero ya Avi está dormido. Agonizando. No se despierta más. Mi hermana está desparramada en la silla frente a su cama. Mi hermana es la definición de dolor. Yo soy la definición de impotencia.

Cámara lenta. Lentísima. 6 de febrero de 1986.
No entiendo cómo puede amanecer soleado. Es un día tan precioso. ¿Será que Avi quiso irse en una mañana así, tan preciosa y brillante y cálida como el? No entiendo como el tiempo sigue pasando pero menos entiendo cómo soy capaz de ver estas cosas si me siento como anestesiada. Hoy enterramos a una enorme parte de nuestros corazones. Yo no quiero vivir esto. Yo no quiero vivir esto. Yo no quiero.

Fast forward.
El dolor pasa y se diluye con el tiempo. Me asombro cuando vuelvo a reír y siento que debería pedirle permiso a mi hermana para hacerlo.

Pausa.

Continuará.

martes, 5 de enero de 2016

Un homenaje a mis Doras o las vacaciones de mi Gerente General.

Marta, la Gerente General de mi casa, se fue de vacaciones, como se van miles de las mujeres que nos liberan del trabajo doméstico todos los días.

Soy pésima en ese tipo de labores. Tengo tantas habilidades con la escoba, el palo de piso y la plancha, como un elefante tiene habilidad como piloto de avión.

No es necesariamente que no me gusten, es que carezco de eficiencia, paciencia, capacidad y gracia. Barro por un lado y cuando me doy vuelta esta sucio de nuevo. Lavo los platos y me da alergia el jabón así que se me despellejan las manos. Arreglo la cocina y al segundo ya esta desordenada al nivel del desastre.

Pareciera además, que mis perros deciden cambiar de pelaje justo cuando me quedo sin la ayuda y podría hacer almohadas, edredones y pelucas con la cantidad de pelo que sueltan. Obviamente, aspiro cada vez que puedo, solo para darme cuenta que de nada me sirvió.

Mientras tanto, mis hijas reclaman que la casa no huele a limón.

La ropa se amontona en los canastos a pesar de mis intentos de mantenerla al día y cuando termino de lavar, los pantalones blancos salen rosados, la ropa negra llena de pelusa blanca, los jeans con manchas, las medias igual de sucias y el resto sale teñida de todos los colores que no le pertenecen. El planchador se convierte en un armatoste inarmable y la plancha en un objeto digno de una cámara de tortura china o medieval.

Y eso que me preparo con antelación.

Arraso en el supermercado con cualquier producto que prometa alivianar el castigo que se avecina. Los "recoge polvo" mas nuevos, las pastillas para que el excusado mas o menos se lave solo, los sprays que matan el 99% de las bacterias, el suavizante de ropa que "no necesita planchado", las pastillas para la lavadora de platos, etc.

En este tiempo paso a ser uno de esos seres humanos que ven con profundo amor, respeto y añoranza, TODOS los anuncios de televisión en los que publicitan los más novedosos aparatos que limpian por sí mismos los pisos y la casa y los azulejos de los baños.

Desde que Marta se va y a pesar de todos mis intentos y mis mejores intenciones y esfuerzos, mis hijas se preguntan entre ellas, en voz baja como para que no les oiga, ¿cuándo volverá?. El susurro deja de ser tal para el tercer día y medio, cuando las dos con cara de desesperación me hacen la misma pregunta directamente. Para el quinto día, delantal puesto, trapo colgando del hombro y habiendo dejado todo el glamour perdido en la canasta de ropa sucia, yo también me lo pregunto en voz alta.

Muy alta.

Así que estos días, he tenido mucho tiempo para pensar en hacer un homenaje a las Doras en mi vida. Mi lavaDORA de ropa, mi lavaDORA de platos, mi aspiraDORA. A estas alturas del partido, sin ellas, habría terminado de perder mi buen humor. Lo que me preocupa un poco es que la dependencia es tal, que cada vez que las uso, les converso y las trato "bonito" y les hago cariñitos cuando ya las voy a dejar de usar.

¡Creo que mas que mi buen humor, debería preocuparme la perdida de mi sanidad mental!

Marta, la Gerente General de mi casa, se fue de vacaciones, como se van miles de las mujeres que nos liberan del trabajo domestico todos los días. Creo que me voy a quedar a vivir en mi oficina por los días que faltan hasta que regrese.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Entrevista a una caloría

IL: Buenas tardes

Caloría: Buenas tardes…

IL: Desde hace tiempo quería conversar con usted

Caloría: Bueno, eso si es noticia… a mi NADIE me quiere.

IL: Las cosas no han pintado bien para usted en los últimos tiempos.

Caloría: ¿Pintado bien? Me tienen demonizada. Me detestan. No hay un segundo del día en el que no me insulten, me culpabilicen, me traten de hacer desaparecer y no reconozcan que algo de valor tengo. Es muy frustrante. Es peor que la Inquisición…es una Cruzada anticalórica.

IL: ¿Y a que le achacaría usted esto que me dice?

Caloría: No es difícil responder… vea lo que venden las paginas de las revistas de moda, los carteles publicitarios, las imágenes de la moda mundiales. Gente en los huesos (por voluntad propia)¡Y no me malinterprete! Yo se que muchos abusan de mi, pero tampoco los extremos. No soy mala y no soy yo la que les hace daño. Son sus propios excesos desmedidos.

IL: Claro, eso es comprensible, pero usted dice que es toda nuestra culpa. ¿Cree realmente que es asi?

Caloría: ¡Por supuesto que es así! Mire, yo soy absolutamente honesta. Soy lo que soy. No soy yo la que se disfraza en las cajas de alimentos que ustedes compran en el supermercado. No soy yo la que se esconde en los alimentos de las cadenas de comidas rápidas, en los aderezos para ensaladas que no son tan "light" como dicen… No, no, no. Ustedes tratan de maquillarme para hacerme pasar desapercibida, pero cuando me tienen enfrente no se controlan. ¿Acaso soy yo la que me hago publicidad? No. Si por mi fuera, me siento a hablar con cada uno de ustedes, para que entiendan que yo siempre voy a estar presente en todos sus alimentos, quiéranlo o no y que no les pongo una pistola en la cabeza para que se aturuguen sin control.

IL: Entiendo su molestia.

Caloría: No creo que o entienda realmente. ¿Y sabe que me frustra muchísimo también?

IL: Dígame

Caloría: Darme cuenta que el pleito es a veces tan grande que prefieren morirse de hambre o verse como muertos vivientes antes de entablar una relación saludable conmigo. Y lo peor de todo… ¿se ha dado cuenta de la cantidad de veneno que meten en sus cuerpos solo para evadirme? Entre colorantes artificiales, edulcorantes químicos, comidas que son como aire, pastillas adelgazantes, "suplementos" alimenticios, laxantes y quién sabe qué más, que lo que hacen es destrozarles el estómago… yo que los veo todo el tiempo no lo comprendo. Es que es tanto más fácil.

IL: Fácil cómo?

Caloría: Yo no voy a desaparecer aunque ustedes traten por todos los medios. Por eso, deberíamos hacernos amigos. Y no me refiero a la amistad ansiosa que algunos tienen conmigo donde me convierto en su mejor amigo y me consumen por cantidades astronómicas. Aunque eso sea un halago para mi y de repente me haga sentir querida, termino sintiéndome abusada. ¡¡¡Y peor!!! Porque ustedes al final de sus atracones, convierten ese amor intenso del principio en un odio visceral, yo no se donde esconderme y muchas veces termino en el excusado.

IL: Si, para usted esconderse no es tan fácil. Es bien evidente cuando la relación entre nosotros es fuerte y constante.

Caloría: Si, yo se… pero lo que ustedes no entienden es que yo hago lo que ustedes quieren. Ni más ni menos. Pero no crea que vivo feliz en su grasa corporal. ¡Que va!

IL: ¿En serio?

Caloría: Por supuesto que no. Vivo aterrorizada. Primero, eso de vivir hacinada teniendo que compartir el espacio con miles de calorías mas, es CERO divertido. Pero además, vivo constantemente amenazada y sabiendo que en cualquier momento me sacan a patadas de sus cuerpos. Me sudan, me vomitan, me niegan la entrada, usan laxantes, pastillas que les cierran el apetito… ¿No me diga que no ha visto en televisión y en las revistas los artículos y los anuncios en mi contra?

IL: Si los he visto. ¿Y que recomienda?

Caloría: ¿Qué recomiendo? Recomiendo lo siguiente. Entiéndanme y entiéndanse. Conózcanme y conózcanse. No abusen de mi. Yo no tengo la capacidad de comerme tallas de su ropa escondiéndome en sus armarios… Son ustedes los que logran eso. Yo con mucho gusto hago lo que ustedes me digan, pero tienen que entender que no me voy a ir así no más. Por eso, pidan comidas donde yo estoy en forma moderada, hagan ejercicio constantemente, lean las cajas de los productos que compran, contrólense y no me utilicen para quitarse la ansiedad, porque como le digo… las cosas siempre caen por su propio peso.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El Alien

Es real.

Todos convivimos con uno y es uno de nuestros compañeros de vida menos agradables que se manifiesta en los momentos menos indicados.

Este personaje, quien ama nuestros jugos gástricos, vive usualmente tranquilo en la parte baja de nuestro estómago y cuando decide aparecer, nos hace pasar horribles papelones y nos deja pésimo frente a los demás en esos momentos tan conocidos por todos, cuando hacemos una desconexión entre lengua y cerebro. En esos momentos cuando el único control que reconocemos es el del televisor o el del portón del garage. En esos momentos cuando el mismito satanás huiría aterrorizado de nosotros, aparece el susodicho en todo su esplendor y gloria.

Su llamado depende del día que hayamos tenido, de si tenemos hambre o no, de si tenemos sueño o estamos descansados, porque aprovecha cualquier excusa para salir a escena.

Antes de que nos demos cuenta se apodera de nosotros desarmándonos de inmediato y dejándonos sin ninguna posibilidad de autodefensa. Sube por el esófago, después por la garganta y cuando llega a la mandíbula nos la desmonta. Sale por nuestra boca y usurpando nuestra voz como si fuera suya, empieza a decir las cosas mas espantosas a la persona que tenemos en frente, con un vocabulario que se lo envidiaría el camionero mas experto.

Nuestro receptor, que por supuesto no entiende que no somos nosotros los responsables de lo que está sucediendo, es el receptáculo del repertorio de agravios continuos, dichos todos juntos y en una misma bocanada de aire, que mas o menos va de la siguiente forma:

“Teneselcerebrodeltamañodeunmaniyniquetedigodetushabilidadeseinteligenciaemocionalcadavezestacosaestapeornoentiedoenquemomentopensequeibasaentenderalgodeloquetetratodeexplicarsicuandohabloparecequehablarasolaynomevengasahoraadecirquetengorazonporqueahorayaesonoimportaloqueimportaesqueteimportaunreverendoculocualquiercosaque…

Acá se detiene a tomar aire, pero antes se vuelve a vernos y burlándose de nuestra cara de absoluto y completo pánico ante lo que esta sucediendo, nos guiña un ojo y continúa

…yosientotepodesirporuntubonoseteocurranillamarmeniescribirmeestacarajadasimplementeseacabocomollegueapensarqueestacosapodiamejorarsiparamejorartendriasquehacerteunaevaluacionsiquitricaymasomenosinternarteparaquetedieranterapiadeelectroshocksademastufamiliamedetestaymeaborrecenomequierenvernienpinturatumamameodiatuabuelaquisieravermequemadavivatupapanimesaludaasiqueyafinalmentelograsteloquequeriasqueeralaejarmesinregresoysinposibilidaddenadaadiosyestavezesdefinitivo.”

Y así termina.

Como el estallido de una bomba atómica.

Como dando el tiro de gracia.

Cerrando con bombos y platillos.

Y a la misma velocidad con la que salió por nuestra boca, vuelve a nuestro estómago y frente al otro, quedamos nosotros.

Agotados y agitados.

Queriendo tragarnos todas y cada una de las palabras que el otro escuchó y entendiendo que no nos van a creer cuando tratemos de explicar que realmente no fuimos nosotros los que dijimos semejante cantidad de tonteras juntas y seguidas.

Espantados y avergonzados, solo quedamos nosotros.

Mientras tanto, nuestro temido huésped, feliz, satisfecho y contento, duerme hasta nuevo aviso, saboreando en su sueño plácido el éxito de una labor bien cumplida.

Querido Mr. Ridley Scott, este Alien hace que el suyo palidezca de vergüenza.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Las promesas de fin de año

En unos días entramos a diciembre.

Este 2015, casi podría jurar que las promesas de mejora y cambio en todos los aspectos de la vida, se incrementaron en, mínimo, 50%, entre los ataques de ISIS, el calentamiento global, los inestables mercados bursátiles, un gobierno peor que inexistente y las permanentes profecías de que en cualquier luna roja, se nos acaba el mundo.

Pero a pesar de todos nuestros miedos juntos, el mundo simplemente continúa girando y yo me pregunto: ¿Qué pasó entonces con todas esas promesas desesperadas, hechas en momentos de absoluta certeza de un fin inminente? ¿Cuáles de esas promesas son realmente sostenibles en el tiempo? ¿Podremos hacer una revisión de lo prometido y siendo completamente veraces con nosotros mismos, cumplir lo mas que se pueda, sin dejar los pelos, la piel y la honestidad en el alambre?

He aprendido a hacer compromisos "cumplibles". Entiendo mis incapacidades mortales y creo que no debería prometer cosas que no me sea absolutamente real poder cumplir. Así prometo tratar de ser mejor persona, tratar de no herir a nadie con mis palabras o actos, ser mejor mamá, mejor pareja, cuidar mis palabras para que sean vehículos de lo positivo incluso en momentos de serio enojo. Prometo que, a pesar de que me cueste, voy a abandonar una batalla en la que aunque tenga la razón, esa razón no llegue en forma positiva al otro. Prometo también respetarme cuando alguien me esté haciendo daño y se niegue a entenderlo. Prometo cerrar las puertas a lo que me lastime y abrirlas de par en par a lo que me hace bien.

Prometo hacer mi mejor esfuerzo para aprender a mantener la boca cerrada cuando lo que vaya a decir no sea constructivo. Prometo prestar más atención a las necesidades de los que amo, prometo hacer mi mejor esfuerzo para ser mas puntual. NO prometo nada que sepa que no puedo cumplir… o sea, prometo mi mejor esfuerzo en todo y de una vez, me disculpo por las veces en las que voy a fallar, porque voy a fallar. Esto esta en mi pobre naturaleza infinitamente lejana de lo divino.

Nos acercamos al 2016 a una velocidad vertiginosa.

Descontamos días del calendario mas rápido de lo que podemos contarlos. Ahora que la vida, o D-os o los Mayas, o Dow Jones nos regalan un poco más de tiempo, ¿que vamos a hacer mejor?, porque no se trata solo de seguir en lo mismo y no se trata tampoco de asumir que como el mundo y la vida continúan, este diciembre, volveremos a la compra desatada de cosas materiales que cubran huecos emocionales que deberíamos cubrir con afecto. No se trata de prometer amor eterno cuando la gasolina emocional tal vez nos de sólo para un mes más. No se trata de prometer cambios radicales en nuestro estilo de vida, ejercicio y alimentación cuando tal vez el tiempo para mantener esta promesa y los medios económicos no den para un cambio tan enorme.

Se trata de ser consecuentes.

Se trata de entrar en contacto con algo más grande que nosotros mismo y entender a la misma vez que no se nos va a juzgar si no prometemos tan en grande y que en el tanto y cuanto nuestros objetivos y promesas no sea autosaboteadores, seremos mejores personas y tendremos mayores posibilidades de cumplir y cumplirnos de acuerdo a nuestras capacidades.

Yo creo en un D-os único, amoroso, paciente. Nos sabe frágiles de voluntad y a veces de recursos pero no por eso nos castiga. Este D-os en el que creo, me hace entender que la promesa mas importante es conmigo y los seres que amo.

Yo voy a cerrar este año con agradecimiento por lo vivido y aprendido. Por los que se quedaron en mi vidas y por los que por una u otra razón se fueron. Voy a ver cuánto coseché de lo positivo que sembré y si la cosecha es poca, si que prometo sembrar más.

Este año que pronto empieza está libre de culpa y pecado. No empecemos prometiendo demasiado en grande, para no terminar echándole culpas que no le corresponden.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Modestia aparte

Han cambiado muchos los tiempos y aunque la brecha generacional no se siente tanto en ciertas cosas en los asuntos del amor, no es una brecha lo que hay entre los adolescentes de ahora y sus padres... Es más bien como la Falla de San Andrés.

Obviamente uno, como mamá o papá, y por más modernos y actualizados que nos consideremos y tratemos de mantenernos, siempre seremos la mamá o el papá, no los amigos y como hoy en día las cosas son radicalmente diferentes a lo que eran cuando teníamos sus edades, cada vez que tratamos de opinar, salimos trasquilados como ovejas.

Así que en las conversaciones sobre el tema, nos mantenemos bastante al margen y hemos aprendido a escuchar y a opinar solo cuando se nos pide, con cautela y medida.

Hablando con una amiga hace unos días, me comentó que una de sus hijas en edad adolescente le había dicho que ya muchas de sus amigas y conocidas “están con alguien”, lo cual es como decir, en nuestra época, que teníamos novio. Se sorprendió que quisiera hablar de esto ella y la escuchó con atención. Se dio cuenta que es un tema que le preocupaba de alguna forma porque en un momento de la conversación, le dijo que no sabía qué iba a amar alguien en ella.

Mi amiga quedó bastante sorprendida y quiso empezar a decirle todas las razones por las que cualquier hombre caería rendido a sus pies, pero su hija la frenó sin que hubiera comenzado.

“No Ma, no me recites todas las cosas que vos, como mi mamá amas de mi. Vos me amas porque sos mi mamá”.

Los que somos padres, amamos a nuestros hijos incondicionalmente y aunque lo hagamos con una buena dosis de realidad y les conozcamos virtudes y defectos, miedos y seguridades, efectivamente las amamos como a nuestra vida y más. Mi amiga, sin saber qué decirle, la dejó que hablara y eventualmente el tema cambió.

Esa conversación me quedó dando vueltas en el pensamiento a mi misma y no había dejado de pensar en cuál sería la respuesta correcta a su pregunta hasta que me cayó de sopetón.

Por supuesto que no tiene nada que ver con lo que nosotros amemos de ellos.

La persona que los ame, va a amar lo que ellos aman de ellos mismos.

Quien nos ame, va a amar lo que amamos de nosotros.

Ni más ni menos.

Es así de fácil y de complicado a la vez, porque usualmente tenemos claro como el agua lo que no nos gusta de nosotros mismos en una lista interminable. No solo lo tenemos claro, si no que vivimos repitiéndonoslo permanentemente como un mantra negativo, para que no se nos olvide y para hacernos menos fácil y menos dulce la vida, pero lo que amamos de nosotros no nos lo decimos a veces ni en un susurro.

Solo la idea de reconocer que nos gusta algo de nosotros mismos nos pone incómodos. No somos capaces a veces, ni siquiera de aceptar un cumplido sin protestar y desacreditarnos frente a quien amablemente nos lo dice.

Y si así le respondemos a los demás, ¿Qué nos decimos cuando estamos solos y nos asomamos al espejo?

Hace un tiempo se hizo un experimento. En la primera parte de este, se convocaba a varias personas y se les pedía que viéndose al espejo, se auto describieran en la mejor forma posible y dijeran qué era lo que veían reflejado al otro lado.

Los resultados fueron realmente tristes. Casi en un 100%, estas auto-descripciones fueron en un tono negativo, despectivo y llegando casi a la crueldad.

En teoría, debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, pero si en la práctica realmente no nos queremos ni un poquito, si vivimos pendientes de gustarle a los otros sin gustarnos nosotros, si insistimos en que nos reafirmen lo buenos que somos, lo lindos que somos, lo eficientes que somos, pero mantenemos un discurso interno totalmente autodetractor, cómo esperamos que alguien mas nos ame y qué es lo que vamos a amar de otra persona si ella o el no sabe lo que ama de si.

No creo en la falsa modestia ni un poquito. La considero uno de los signos mas graves de hipocresía en contra nuestra. Obviamente tampoco creo en andar gritando a los 4 vientos lo maravillosos que somos o en mentirnos diciéndonos que no cometemos ningún error y que somos “la tapa del perol”. Pero he aprendido, (y más de una vez me obligo a hacerlo), a ver y valorar lo que me gusta de mi, lo que me hace diferente, lo que me da un distintivo y me hace interesante para mi misma, antes que para los demás. Disfruto de mi propia compañía, hace muchísimo tiempo dejé de tratar de calzar en una sociedad en la que de una u otra forma me sentía presionada a ser lo que no soy y perdí el miedo al qué dirán.

Sabiendo que me escucho, me cuido muchísimo de lo que me digo en mi discurso interno. Al fin y al cabo, soy lo que pienso y si vivo en una guerra personal y no me amo yo, cómo pretendo que me ame alguien más.

Para cerrar esta Cerebración, les cuento que en la segunda parte del experimento, se invitaba a completos extraños a describir a las personas que tan duramente se habían auto-definido en la primer parte. Lo hicieron con esas personas en frente. Los resultados fueron radicalmente opuestos. Los otros pudieron ver cualidades, atributos y distintivos que ellos no vieron en ellos mismos.

Pero, ¿de qué nos sirve la opinión de alguien mas acerca de nosotros, cuando la nuestra puede ser tan brutal, cuando podemos ser nuestros mas fieros enemigos?

¿Por qué no vernos a los ojos con un poco mas de ternura y agradecimiento?

Dejemos por un rato la modestia a un lado y querámonos sin miedo.

https://www.youtube.com/watch?v=GXoZLPSw8U8

viernes, 30 de octubre de 2015

Con el corazón derretido

El señor de los helados pasaba todas las tardes frente a mi casa entre la 1 30 y la 2 de la tarde. Yo lo escuchaba desde una cuadra antes, cuando hacía sonar las campanitas del carrito y corría a ver si encontraba las moneditas necesarias para el helado de ese día. A veces, cuando lograba el monto, ya el iba por la esquina de mi casa y tenía que correr cuesta abajo para alcanzarlo.

Cuando era pequeñita, no llegaba al tope del carrito para ver qué helados llevaba Entonces me subía en una de las llantas y me metía casi de cuerpo entero en la nevera hasta encontrar el que quería.

¡Olía tan delicioso esa nevera!

No recuerdo la primera vez que le compré pero si recuerdo el sabor de cada una de esas tardes de sol, viento y risas.

Eramos por lo menos 15 niños y muchachitos en mi barrio. Leo, Alejandra, Ana Cristina, Titi, Jose, Marisol, Maria Jesus, Tony, Claudia, Beatriz, Monica, Mauricio, Rosa Irene, Alejandro, Erasmo… todos amigos y el señor de los helados.

Recuerdo que tenía un acento diferente y que siempre usaba botas de hule sobre el pantalón, pero más que todo, recuerdo la sonrisa y la enorme paciencia que tenía ante la marabunta de niños que se abalanzaban sobre el y el carrito. Nos dejaba desordenarle las cajas de helado y nos ayudaba, probablemente, para que no nos sacáramos los ojos tratando de dejarnos el último helado que había, del tipo que queríamos.

Era parte permanente de nuestras tardes. Pero crecimos y poco a poco esas memorias se diluyeron en el tiempo.

El 2 de octubre de este 2015, mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde, miré a mi izquierda y mi memoria, de golpe, estalló en fuegos artificiales.

El heladero y su carrito estaban a mi lado.

De repente así no más, la niña que aún vive en mi, bajó la ventana del carro y casi en un grito le preguntó hacía cuanto vendía helados. Tenía miedo que la memoria me jugara una de esas bromas y que no fuera el.

“Hace 40 años”, me dijo con ese acento particular.

EL semáforo se puso en verde y el carro de atrás me pitó para que avanzara, así que me despedí y me fui.

Desde esa esquina, hasta la que seguía, avancé con una sensación de completa incredulidad.

Los siguientes 50 metros, fueron una tortura mientras encontraba una esquina donde dar vuelta para irlo a buscar. Lo encontré de nuevo esperando la salida de los niños de un colegio, rodeado de adultos que disfrutaban de sus helados en esa tarde de sol.

En medio de una ciudad con tránsito constante, no es fácil simplemente bajarse del carro, así que lo llamé a mi ventana y le conté en forma muy resumida, cuán precioso era su recuerdo en mis memorias.

Las personas que me veían esa tarde no entendían el porqué de mi felicidad al encontrar las monedas para comprarle nuevamente una paleta de natilla, ni del porqué le pedí que me permitiera tomarle una foto conmigo, pero a esa niña que efectivamente aún vive en mi, ese helado le supo a los mejores recuerdos de su vida. A las tardes felices y a los amigos que trascienden el pasar del tiempo. Al frío soleado de diciembre, a los eneros calurosos, a la libertad que sólo tenemos en la infancia.

Estoy segura que no tiene idea de quien soy.

Estoy convencida que debe tener miles de clientes y que yo solo fui una más. Pero el representa para mi, todas las memorias de una niña feliz que veía el mundo todavía con ojos inocentes. Del aroma de la despreocupación. De nuestras risas infantiles sumergidos de cabeza en la caja fría de ese carrito, buceando nuestro helado favorito. De las conversaciones sobre juegos de escondido, barbies y muñecas, Kickball y bicicletas, sentados en la acera de mi barrio con mis amigos. Del sabor tan familiar del tiempo que de repente dejó de pasar y se detuvo en un helado por el resto de la vida.

sábado, 24 de octubre de 2015

La sociedad perfecta

Tenemos 50 y 50% de acciones en esta empresa que llevamos y por ende tomamos las decisiones juntas.

Aunque yo pueda no estar de acuerdo, ella tiene como filosofía propia escuchar los proyectos que propongo, con paciencia y buen ánimo pero no siempre está de acuerdo con llevarlos a cabo lo que hace que en mas de una ocasión yo entera haga un cortocircuito explosivo. Ella me mira pacientemente sin decirme o explicarme el porqué de su reticencia a dejarme hacer lo que me da la gana y un poco burlona me repite cada vez, "ya vendrá la respuesta a su tiempo". Así, no me queda mas que seguir adelante con carita de “nada paso” aunque me quiera morder los codos.

A veces, con cierta insolencia, me atrevo a llevarle la contraria ante lo que me propone y logro demostrarle que también tengo razón y derecho, que he aprendido muchísimo en esta sociedad que tenemos ella y yo y que aplico ese aprendizaje todos los días y así, la sociedad camina como relojito suizo.

Esta socia mía, que me lleva años luz de ventaja en experiencia, me dio al inicio una serie de herramientas que hoy por hoy me son invaluables en el manejo de nuestra relación laboral.

Me dio sentido de justicia. Me dio algo de inteligencia emocional. Me dio sentido del humor. Me dio la posibilidad de amar sin miedo. Me dio la posibilidad de decir no. Me dio una lucecita interna que puedo encender cuando el camino se pone oscuro. Me dio la posibilidad de ser rebelde ante lo que se me propone, siempre y cuando esa rebeldía tenga sentido. Me dio algo así como una personalidad bastante "todo terreno". Me dio la posibilidad de siempre sacar la experiencia de cada momento. Y me dio la posibilidad de escoger entre siempre ser feliz a pesar de lo que pase o hundirme en el proceso.

Yo a ella le he dado mi pasión absoluta por todo lo que hago. Le he dado la posibilidad de ser vivida con la mayor intensidad. Le he dado mi confianza plena. La he vivido con un permanente sentido de curiosidad. La he vivido sin miedo pero con cautela. Y le he seguido proponiendo proyectos en conjunto constantemente.

Hemos ido creciendo juntas ella y yo.
Siempre de la mano.
Siempre confiando una en la otra.
Porque ella entiende que me necesita tanto como yo a ella.

Es mi vida y soy yo quien la vive.

miércoles, 14 de octubre de 2015

¡¡¡A celebrar carajo!!!

El año antepasado tuve una pesadilla en julio.

Me acuerdo perfectamente del mes en el que fue, porque soñé que era mi cumpleaños pero yo cumplo el primero de octubre. Mi pesadilla fue horrible porque nadie me felicitaba. Desperté angustiada y a pesar que la canción de feliz cumpleaños me daba algo así como "calambre de tímpano", en la mañana llamé a mi mamá, a mis hermanos y a mi mejor amiga y los obligué a cantármela.

Ese mismo año agarré al toro por los cuernos.

Decidí que antes que a alguien se le ocurriera no celebrarme yo iba a celebrarme a mi misma y que para poder disfrutar con todos los que quiero y que me quieren celebraría del primero de octubre al primero de noviembre. Un mes enterito. Decidí ser yo misma la que convocara a todos con los que quiero pasar ese tiempo tan especial y de esta forma evitarme cualquier posibilidad de que alguien quede por fuera.

El año pasado, para hacer las cosas todavía mejor, compré pizza, me hice mi propio pastel y convoqué a toda mi familia y a mis mejores amigos a mi casa para festejar juntos. La pasé mas que divino. Este año, anuncié mi cumpleaños desde el primero de septiembre y elaboré una clarísima lista de como quería festejar, para hacerles la vida mas sencilla a los que efectivamente quisieran pasarlo conmigo. La respuesta fue preciosa. No tengo idea de cuantos me habrán escrito, pero me he sentido como la reina de los "festejos populares" y he disfrutado de cada detalle de mis amigos y familia.

Yo nací feliz. Tengo esa enorme suerte y por ende, siempre estoy celebrando algo. Si el día amaneció lindo, lo celebro, si llueve, también lo celebro. Si mis hijas logran algo importante, lo celebro. Trato de hacer relevantes esos momentos que transforman la monotonía en algo memorable, en un recuerdo dulce y alegre. Busco razones y fechas para hacerlo porque creo que estamos obligados a aprovechar las oportunidades que tengamos y porque se va tan velozmente rápido el tiempo, que cuando nos damos cuenta, los años pasaron y mucho de lo que debió y quienes debieron ser fuente de alegría, de festejo y de compartir con los que uno ama, simplemente pasaron.

Cumpleaños, aniversarios, días del Padre y de la Madre, graduaciones, nuevos trabajos, todo debe ser motivo de alegrías y de reuniones con la gente a la que siempre queremos cerca. Muchos años de mi temprana adultez los pasé en guerra con mis padres, pero no hubo un solo momento meritorio de festejo, en el cualquier barrera interpuesta por el enojo, simplemente cayera. No hubo un solo cumpleaños en el que mis papás dejaran de recibir una tarjeta mía, un regalo y muchos besos. Fue igual de parte de ellos y guardo todas y cada una de esas tarjetas y cartitas como un tesoro invaluable y amado.

La vida siempre nos responde de acuerdo a como la veamos. Si para nosotros lo importante de recordar son las cosas tristes, será eso lo que más tendremos, si al contrario, vemos cada día como una posibilidad de celebración, encontraremos muchos motivos para hacerlo sin importar que tan bueno o malo fue ese día.

Conforme avanzo en edad y al haber perdido a mis padres, abuelos, algunos amigos y familiares, incluyendo mascotas, entiendo mucho más claramente la importancia que tiene el compartir la alegría. Lo que celebramos, lo que nos causa felicidad, lo que nos genera risas en unión de quienes queremos es lo que hace que incluso con el paso imparable del tiempo los recuerdos felices sean los que prevalezcan.

Entiendo claramente que la felicidad es una acción diaria, consciente y voluntaria, así que diaria, consciente y voluntariamente me programo para estar feliz y en la mejor forma en la que puedo, contagiar a los que amo. Por esto, seguiré buscando motivos para celebrar y para seguir construyendo recuerdos que alimenten y nutran a mi alma. Al fin y al cabo quiero que cuando se me recuerde, sea con una sonrisa en el rostro y alguna buena anécdota compartida.

¡Feliz cumpleaños a mi!

domingo, 27 de septiembre de 2015

Shit happens

Aunque nos quieran vender lo contrario, nada es una constante. Nada. Ni la salud, ni la felicidad, ni el amor, ni los trabajos, ni el estado de ánimo, ni el dinero.

Ese mito que nos han metido en la cabeza solo termina atentando contra nuestra estabilidad emocional y de alguna forma, nos pone en una situación de permanente desventaja y de constante comparación con lo que tienen, hacen o sienten los demás y peor aún, hace que tratemos de estar a la altura exacta de estándares ficticios.

Esto hace también, que sintamos que todo lo que pasa tiene relación directa con nosotros y que por ende vivamos buscándole la “quinta pata al gato” y en permanente estado de alerta y defensa.

¿No sería mas fácil si pudiéramos ver las cosas que pasan solo así, como cosas que pasan, no como cosas que siempre NOS pasan?

Nos haríamos más fácil la vida si pensáramos que todo lo que pasa tiene que enseñarnos algo.

¿Por qué necesitamos permanentemente buscarle respuestas a todo?

Cuando hace poco mas de 2 semanas se murió mi mascota Pooky, que fue una de mis hijas perrunas, en medio de la enorme pena que sentimos, mi hija mayor me preguntó muchas veces por qué estaba pasándonos esto. A pesar de que soy una persona altamente reflexiva, me quedé sin poder responderle porque simplemente fue algo que no tenia ningún sentido ni respuesta alguna.

Pooky se enfermó y se murió.

Simplemente pasó.

Así de claro y sencillo.

Asumir esto me sorprendió enormemente. Me sorprendió más el descubrir que no era necesario encontrarle la respuesta. Sacando el racionalismo de la ecuación, me conecté con el dolor de mi pérdida y pude llorarla mucho mucho.

“Shit happens”, es una pequeña pero poderosa frase en inglés que traducida literalmente quiere decir que a veces la mierda sucede. Esta frase, un poco mejor explicada se traduce en que hay cosas que solo pasan porque si.

Creo que el desapego, cambio o ruptura con algo o alguien, nos sacude en lo mas profundo y necesitamos poder racionalizarlo de alguna forma para asimilarlo y terminar aceptándolo porque de otra forma, el trago se hace imposible.

Pero creo también que parte de madurar está en entender que a veces, lo que pasa simplemente pasa y que no tiene que ver directamente con nosotros.

No somos siempre los protagonistas de todo.

No todas las historias se relacionan con nosotros y no siempre tenemos la obligación de sacarle la moraleja.

Hacerme esta propuesta me abre un panorama nuevo e inexplorado y de repente deja fluir las presas de angustia que he acumulado con el tiempo.

No todo tiene que ver conmigo.

No todo me compete.

No todo se refiere a mi y no, no tengo que buscarle la respuesta a cada una de las situaciones.

¿Qué logro con esto?

1. Fluir: Al no buscar la relación directa que tiene conmigo lo que ocurre, logro una mejor perspectiva propia y no me aferro a lo sucedido. No lo hago mío. Lo dejo fluir, permitiendo que únicamente me afecte en la medida en que yo lo desee. Eso inmediatamente me deja decidir qué quiero aprender y hace el dolor y la angustia mucho mas llevaderos.

2. Independizarme de las circunstancias ajenas: Ejemplo. El mundo está en crisis, pero YO, con la independencia que da el desapego, puedo ver las oportunidades que esta crisis presenta para mi, en lugar de caer en el pozo de negatividad colectiva. De esta forma puedo elaborar estrategias personales que me coloquen en un lugar más ventajoso.

3. Salirme del protagonismo: La gente hace cosas. No necesariamente ME hace cosas. Esto me quita del “centro del escenario” y me obliga a colocarme como una espectadora de las acciones de los demás, pero no como el receptáculo permanente de esas acciones. Así, puedo avanzar sin quedarme pegada preguntándome eternamente por qué ME hicieron daño. Ponerle fin al “complejo de persecución” me permite entender que lo que los otros hacen no tiene que quedarse grabado en mi memoria emocional como si fuera un agravio personal.

4. Des-victimizarme: Es muy fácil convertirse en las víctimas permanentes de las circunstancias. Es lo MAS fácil. Pero si siempre nos le presentamos de ésta forma a la vida, la vida nos va a seguir viendo y tratando así hasta que nosotros cambiemos la perspectiva. Efectivamente, todos pasamos por cosas muy duras.

Todos.

Pero los grandes ganadores de la historia, los ejemplos a seguir, los que nos motivan y hacen crecer, son los que a pesar de caer mil y una veces, se levantan, cojean un rato sin dejar de avanzar y llegan a nuevo puerto con la sonrisa en la cara y la bandera del “Si se puede” en alto.

5. Empoderarme: Al salirme del protagonismo de las situaciones que se dan o de las acciones de los demás, inmediatamente vuelvo a adueñarme de mi misma y de mis emociones y como resultado, logro que lo que sucede no me sacuda sin control. Me empodero. Al empoderarme y salirme de la espiral del “pobrecita yo”, puedo entrar en contacto con lo que quiero para mi vida y llamarlo, pedirlo claramente y aceptarlo cuando llega.

6. Reconectarme: Todo lo anterior me obliga y me permite estar conectada conmigo misma, con mi fuerza interior, con mi capacidad de perspectiva, con mi paz. También de esta forma, puedo tener mucho mas claro cuando sí tengo que defenderme de algo que no está bien.

Así, de repente, entendemos que aunque llueva y nos empapemos, simplemente llovió. No NOS llovió. La próxima vez, llevaremos sombrilla.

Entendemos que aunque un cliente no apruebe un proyecto por el que trabajamos mucho, no lo hizo porque le cayéramos mal. El o ella, tienen la potestad de decidir y quizás simplemente hubo variables específicas que le llevaron a tomar esa decisión. La próxima vez presentaremos un mejor proyecto si consideramos que así debe ser.

Que aunque alguien a quien amamos se enferme y/o se muera, tenemos que entender que eso no NOS lo manda D-os como un castigo.

D-os no castiga.

Antes de pensar en lo que nosotros podemos sentir con la enfermedad del otro, tenemos que pensar en el enfermo y salirnos nosotros de la ecuación. Por otro lado, la muerte es lo único seguro que tenemos y tenemos que verla así y dejar ir con amor.

Aunque nuestros seres queridos tomen decisiones opuestas a lo que deseamos y eso nos duela o nos frustre, usualmente no lo hacen por HACERNOS un daño o llevarnos la contraria. Es SU decisión y ellos tendrán que aprender de ella.

Si le ponemos el nombre de "problema" a todo, todo será un problema. Si le ponemos el nombre de tragedia a todo, todo será una tragedia. Pero por el contrario, si ponemos las cosas en la perspectiva correcta, cambiamos de palabras para definir algo que nos pasó o nos está pasando y lo vemos como circunstancia o situación, sin miedo y con tranquilidad, nos vamos a dar cuenta que somos nosotros mismos los que tenemos el poder de poner a la vida de nuestro lado.

Lo único permanente es el cambio. Nos guste o no.

Nadie piensa como nosotros.

Nadie reacciona exactamente como nosotros quisiéramos.

Pero ni D-os castiga, ni la vida, ni la gente, ni las cosas que pasan están en contra nuestra.

La vida está siempre lista, como un buen Boy o Girl Scout, para darnos lo que queremos y lo que le pedimos.

Un cambio de perspectiva a veces más que necesario, es obligatorio, porque efectivamente, “shit happens”.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Corazón de perro

A lo largo de la vida he tenido la enorme suerte de ser la mamá de muchas mascotas. Nací con ese instinto maternal y ellas siempre me permitían ejercerlo con propiedad. Cada vez que íbamos a la playa, adoptaba al perro de turno, al que consentía y amaba con total entrega, para desesperación de mis padres y hermanos y para la tragedia familiar completa cuando tenía que dejarlos para volver a la ciudad.

Siempre hubo mascotas en mi casa y eran mi compañía constante, aparte de otra de mis responsabilidades. Ya desde pequeña, entendí que no podían cuidarse o alimentarse solas y aunque en ese tiempo no me hiciera tanta gracia ser la única que se encargaba de ellas, hoy lo veo como una bendición, porque aprendí de la vulnerabilidad, amor y agradecimiento de estos seres maravillosos.

Suki ya estaba en casa de mis padres cuando nací. Me sintió competencia desde el principio y me gruñó y trató de morder hasta el último día de su vida. Pero fuí yo la que la recogió de la calle cuando la atropellaron y la lloré a mares cuando se murió.

Un par de meses después, mi papá trajo a la casa una bolita de pelos blanca y café. Era una sorpresa para mí y me la dió con la advertencia de no subirla a mi cama, pero como ella no dejaba de llorar y yo era muy obediente, bajé el colchón al piso y Lucy y yo dormimos juntas plácidamente.

En mi adolescencia, Lucy tuvo cachorros y de estos, nos dejamos a Suky (con Y al final para no repetir), que era un amor total. Ellas siempre estaban conmigo o yo en el jardín con ellas. En esa época que no me fue fácil, eran la compañía fiel y constante que tanto necesitaba.

Al morir Lucy a sus 16 años y para que Suky no se quedara solita, compré a Chantall, una Cocker Spaniel preciosa, pero más loca que una cabra, que resultó omnívora y arrasó con todo lo que se le puso al paso, desde los muebles de la casa, hasta las flores que mi mamá había sembrado y cuidado con pasión y esmero por muchos años. Para tratar de alejarla de las flores que quedaban vivas y ya bajo la amenaza de mi mamá, que me había dicho que a la próxima flor comida o se iba la perra o me iba yo, se me ocurrió la brillante idea de “fumigarlas” contra Chantall, e hice una bomba de los chiles mas picantes que pude conseguir.

Dato interesante. Los perros son insensibles al chile, pero las flores no.

Terminé por asesinar la última planta de flores de Aves del Paraíso que quedaba en el jardín y Chantall fue a dar a otra casa con jardín pero sin flores, donde vivió hasta el final de sus días.

Después adopté a Chubi. De raza desconocida, pero con algo de Schnauzer, era amorosa y de una simpatía incomparable. A pesar de haber tenido mascotas siempre, Chubi fue la primera con la que establecí una conexión que trascendía las especies. Pero esa enana de personalidad irrefrenable, en una de tantas escapadas, murió cuando la atropelló alguien que ni siquiera se detuvo al golpearla. La lloré al punto de la desesperación.

Unas semanas después, al ver que no se me pasaba la pena, mi familia y amigos me insistieron en que comprara una cachorra que me sacara de la tristeza.

Así llegó Iofi a mi vida. Vivimos en una relación de amor profundo ella por mi y yo por ella y cuando me casé, pasó a ser mi primer bebé. Iofi paseó conmigo a donde yo fuera. Andaba en Kayak, se portaba como una reina, comía sandía y era parte fundamental de mi vida. Cuando nació mi primer hija, no le hizo mucha gracia y en señal de protesta, rompió varias prendas de ropa y esperaba el menor descuido para ir al basurero lleno de pañales sucios, sacarlos y esparcirlos por toda la casa…

Al pasarnos de casa, ella quiso volver a donde vivíamos antes y se perdió. Me dediqué a empapelar de carteles con su foto, toda la ciudad e incluso, logré que en una emisora radial, pasaran la noticia de que ella estaba extraviada. Nada. No hubo noticias hasta que 3 meses después, recibí la llamada de un muchacho que había visto uno de los carteles. El la había recogido y la había cuidado durante ese largo tiempo. Me la devolvió y mi corazoncito volvió a tener paz. Un tiempo después, enfermó y a pesar de tratar de salvarla, murió demasiado joven.

Un par de meses después, compré a Luna, otra Schnauzer que nos llenó de alegría con su dulzura. Ya para ese entonces, mi hija menor había nacido y entre ella y mi hija mayor, la vestían con ropa de muñecas y la paseaban en un coche como si fuera un bebé. Ella lo soportaba todo y nunca hizo ni el intento de defenderse. Luna se enfermó de Distemper por un error en el tiempo de las vacunas. Tuve que dormirla y con ella también se fue un pedazo de mi corazón.

Esa noche, tuvimos que ir al supermercado y al pasar por la veterinaria del lugar, mis hijas vieron que había un par de cachorritos Schnauzer. Después de haber llorado toda la tarde, mis hijas me rogaron que entráramos.

Dos minutos después estábamos las tres sentadas en el piso jugando con los cachorritos.

Tres minutos después, mis hijas en coro me rogaban llevarnos a la hembrita.

Diez minutos después, Pooky era nuestra.

Pooky se convirtió en mi otra hija. De una naturaleza noble y fiel, juguetona, dulce, amorosa, inteligente y con una personalidad mas grande que ella, se volvió mi sombra, mi compañía permanente en las buenas y en las malas.

Cuando nos volvimos a pasar de casa y llegaron nuestros otros “perrijos”, Pooky mantenía su status de reina indiscutible.

Al sepárame y finalmente divorciarme, me angustiaba mucho saber que iba a dormir sola y fue Pooky la que ocupó el otro lado de mi cama, pero roncaba tanto y a tal volumen que tuve que sacarla del cuarto a los pocos días. Aun así, esta pequeña, era mi fuente de consuelo. Solo tenerla cerca me llenaba de paz.

A los meses de haberme separado, decidí que necesitaba un tiempo de reflexión y me fui por unos días a la playa. Solo Pooky fue conmigo.

Pooky y yo.

Terminé por aceptar sus ronquidos y durmió a mi lado la mayoría de las noches. Me acompañaba a llevar y a buscar a mis hijas al colegio. Cuando me sentaba a trabajar insistía hasta que la subía a mi regazo y ahí dormía plácidamente.

En un paseo de tantos al parque, vio un tobogán y para nuestro asombro, corrió, se coló en la fila de niños y se tiró no una sino muchas veces. Hizo lo mismo en cada tobogán que encontró en su camino por la vida.

Fue a la playa conmigo y mis hijas decenas de veces y me esperaba paciente y amorosa hasta que salía del agua, para hacerme una fiesta de bienvenida y después revolcarse en la arena hasta quedar completamente camuflada. Amaba los bananos, el mango, la papaya y el chocolate. Una vez la dejamos en la casa y al volver, mi hija menor se encontró con que un chocolate enorme, ya no estaba…Pooky se lo había comido y se infló como un globo aerostático.

Tenía juguetes propios y sabía distinguir entre la bola, las medias (nada mejor para destrozar que un par de medias viejas) o el “bicho”, un juguete para bebés que amaba con pasión. Me traía los juguetes y no me dejaba tranquila hasta que me levantaba a perseguirla mientras ella feliz “se me escapaba”.

A lo largo de momentos difíciles, Pooky fue mi compañerita silenciosa.

Recuerdo claramente estar un día en mi cama pensando muy angustiada, en que tenía que dejar mi casa y pasarme a otra con mis hijas. Pooky estaba, como siempre, hecha una bolita a mi lado. De repente, caí en cuenta de que no importaba cuán pequeño fuera el nuevo lugar, cuán lindo, nuevo o lujoso. Nada de eso variaba en lo más mínimo el amor de ella conmigo. Eso me dio la fuerza para poner todo en la perspectiva correcta, para hacerles entender a mis hijas exactamente lo mismo y nos hizo mucho mas fácil el trance.

Pooky se fue poniendo canosa.

La cabecita pasó de ser gris a casi completamente blanca y de repente la vimos renquear un poco. Pensamos que se había lastimado la patita jugando y no nos preocupamos mucho. Empezó a perder peso y la llevé a la veterinaria. Parecía tener una displasia leve que con medicamentos se le iba a aliviar. A pesar de mantenerla en la mejor condición posible, la vimos deteriorarse poco a poco hasta que la semana pasada la llevé nuevamente a la veterinaria porque no estaba comiendo nada y había vomitado durante algunos días. La hidratamos y por dos días volvió a ser la misma, juguetona, feliz y comelona.

El jueves pasado empezó nuevamente a vomitar y la llevé de emergencia al hospital veterinario, jurando que lo que tenía era algo gastrointestinal.

La noticia del día siguiente nos dejó devastadas. Fallo renal agudo. Presión arterial elevadísima. Creatitina en niveles críticos. Un pésimo pronóstico por una enfermedad degenerativa y completamente silenciosa. Pasé gran parte del viernes con ella tratando de animarla, hablándole mucho y sin dejar de besarla y acariciarla. Se veía tan chiquitita y débil. Lloré y lloré y lloré, pero traté de no perder la esperanza de que pudiéramos estabilizarla y traerla de nuevo a casa.

Para el sábado no solo no había mejoría, sino que le costaba respirar. Mis hijas y yo estuvimos muchas horas con ella, dándole ánimo y todos los mimos que pudimos mientras llorabamos intermitentemente. A las 11 de la noche nos fuimos y la dejamos en la cámara de oxígeno, con la fe de que al día siguiente iba a amanecer mejorcita.

Me llamaron a las 11 30 pm.

Pooky murió de un paro cardiorespiratorio, aunque trataron de reanimarla por mucho rato.

Yo no estaba con ella y no me lo voy a perdonar nunca. Yo le había prometido que la iba a acompañar y no pude. No pude, no me lo perdono y espero que ella si lo haga.

La enterramos el lunes en un lugar precioso, lleno de naturaleza, árboles y vida.

Hoy, buscando consuelo en los recuerdos, solo puedo echar la mirada atrás y pensar en todo lo que he aprendido de cada uno de mis mascotas.

He aprendido a dejarme dar besos mojados y babosos.
He aprendido a leer en sus ojitos mucho de lo que no pueden decirme verbalmente.
He aprendido que de nada me sirven los sillones de mi casa si no puedo compartirlos sin reservas con quienes me aman.
He aprendido que añoro el olor a perro cuando estoy lejos y cuando llego a mi casa amo que sea eso parte de lo que me recuerde que es mi hogar.
He aprendido acerca de la incondicionalidad del amor.
He aprendido que si alguien se toma el tiempo de hacerme una fiesta al recibirme, aunque haya salido por solo 30 segundos, yo le debo mi tiempo de caricias y afecto.
He aprendido a valorar las cosas pequeñas, la compañía silenciosa, los ojos puros y sin un gramo de malicia.
He aprendido acerca de mi propia capacidad de entrega y de cómo a pesar de intentarlo, nunca será comparable a la de ellos.

He aprendido que por mucho que tratemos nuestro corazón humano jamás será comparable en capacidad de amor, al corazón de un perro.

Suki, Lucy, Suky, Chantall, Chubi, Iofi, Luna, Lulú, Blacky, Pepper y mi Pookyta preciosa, yo que si creo en el más allá, les pido que cuando me toque irme, me ayuden a pasar.


viernes, 4 de septiembre de 2015

La otra.

Mis papás empezaron con problemas matrimoniales desde muy temprano en su relación. Yo fui lo que acá en Costa Rica, llamamos “un gol” y nací 10 añós después de mi hermano.

Siguieron casados 12 años mas después de mi nacimiento.

Tengo muy pocos recuerdos de mis padres juntos. Recuerdo verlos bailar en algunas fiestas y reuniones de amigos en la casa. Recuerdo una sola vez verlos darse un beso en un cumpleaños de mi papá. Recuerdo una vez que mi mamá le vació la tetera entera en la cabeza después que el le había dicho alguna cosa fuera de lugar. Yo estaba al lado de mi papá y me asusté mucho, pero después se empezaron a reír y la cosa no pasó a más.

Ninguno era una perita en dulce y ambos eran profesionales de talla mayor, con exigencias propias de sus puestos y aspiraciones claras. Excelentes en lo que hacían, pero de temperamentos irascibles ambos, no cuidaron su vida de pareja y la brecha se fue haciendo enorme e insalvable.

A pesar de ser pequeña, sentía que ellos vivían vidas separadas. La casa siempre estaba callada. Yo almorzaba sola cuando llegaba de la escuela porque mi mamá usualmente estaba trabajando y cenaba sola también porque mi papá llegaba muy tarde del trabajo y mis hermanos eran mucho mayores que yo y cada uno tenía actividades propias.

Yo no entendía mucho de la convivencia de una pareja, pero me sorprendió cuando mi papa se pasó a dormir al cuarto que hacía unos años había desocupado mi hermana mayor al casarse. De repente, ese cuarto se convirtió en algo así como su apartamento dentro de la casa. Ellos casi no se dirigían la palabra y el ambiente era tenso e incómodo. Tanto la puerta de ese cuarto, como la puerta del cuarto de mi mamá estaban siempre cerradas.

Mi relación con mi papá era de un amor profundo. Yo me sabía su muñequita y el siempre me decía con cara de embobamiento que era “la luz de sus ojos”. Si el planeaba hacer alguna actividad con mi hermano, yo me colgaba como una mona y protestaba hasta que finalmente iba con ellos. Todos los fines de semana salíamos al club y cuando el nadaba en la piscina yo me agarraba de su espalda y el me paseaba. Cuando íbamos en el carro, el cantaba siempre y me sentaba en sus regazos para que yo “llevara la rueda”. Todos los domingos teníamos un ritual a partir de las 6 de la tarde. El se echaba en la cama y yo me le acurrucaba. Así veíamos juntos El Chavo, La Casa de la Pradera y Odisea 2001. Era NUESTRO momento.

Tenía 11 años cuando un sábado escuché que mi papá hablaba por teléfono con una tal Clara y le decía “mi amor”. No entendí porqué mi papá le decía “mi amor” a alguien mas que a mi mamá o a mí. Pero como mi mamá tenía una amiga muy cercana con ese nombre pensé que hablaba cariñosamente con ella. Un poco confundida lo miré y el, al percatarse de mi presencia cortó rápido la llamada. Por supuesto que no me atreví a preguntar nada.

Mi mamá sospechaba y las discusiones feas iban en aumento.

No pasaron muchos meses hasta que las sospechas de mi mamá se confirmaron y Clara salió a la luz, después de 8 años de relación clandestina con mi papá. No era la amiga de mi mamá. Era una mujer cualquiera, que obviando que mi padre era un hombre casado, se convirtió en “la otra”.

No pretendo en ningún momento culparla de los devaneos extramaritales de mi padre. Ella fue una de las tantas y a la que le tocó ser el detonante final para que todo estallara. Tengo más claro que el agua, que el responsable inicial fue el. Pero por un principio de decencia básico, si a uno lo invitan a entrar a un lugar prohibido, uno tiene la potestad de rechazar la invitación y Clara ni lerda ni perezosa aceptó gustosa.

Al concretarse el divorcio, casi inmediatamente mi papá pretendió que entabláramos una relación con ella, quien pensó que las cosas le iban a resultar fáciles. Yo tenía para ese entonces 12 años y de ninguna manera dejé que ella entrara a mi vida. La vi si acaso un par de veces y nunca fui irrespetuosa pero si fría como un témpano de hielo.

Yo veía poco a mi papá y lo poco que lo veía eran momentos terriblemente tensos y llenos de reproches hacia mi mamá, que yo no sabía cómo enfrentar y por ser tan pequeña no comprendía que no tenía porque ser partícipe, pero no sabía como defenderme. Por otro lado, vivía lo mismo en mi casa. Las palabras amorosas se convirtieron en frases llenas de amargura y odio por ambas partes que yo desesperadamente trataba de evadir sin lograrlo.

En mi cabecita de niña, no cabía la noción de que mi papá al divorciarse de mi mamá se había divorciado de mi. Pero así me lo dijo el y así se esforzaba por hacérmelo sentir. Aunque yo no tenía nada que ver en sus problemas, yo era la “hija de mi mamá” y por ende, receptáculo inmediato de todo lo que el pensara de ella.

Clara, por el contrario, era “la mujer maravillosa, casera y que me da la atención que tanto necesitaba y que tu mama (así sin tilde), no me dio nunca”.

Estaba profunda y terriblemente celosa. No podía entender de ninguna forma cómo el podía preferirla a ella que a mi que era su hija, “la luz de sus ojos” y su “adoración”.

Así que quise ser esa otra.

Quise ser esa mujer perfecta para el. Siempre sonriente. Siempre simpática. Siempre arregladita y complaciente. Una muñequita literalmente. Desde ese momento lo único que oía mi papá de mi, era que todo estaba bien aunque me estuviera muriendo por dentro. Aprendí exactamente como le gustaba el café y la comida y le servía cada vez que podía. En las fiestas de familia, la que lo atendía solícita era yo. Le reía los chistes aunque me parecieran peor que malos. Lo excusaba cuando por su carácter le decía algún improperio a alguien mas. Escuchaba todo lo que quisiera contarme sin contarle yo nada mío para no importunarlo o desatar su mal humor y trataba de parecerme más a su lado de la familia que al de mi mamá, porque sabía que eso lo hacía verme más como de su parte.

Pero nada de esto hacía que el se acercara más y siempre estaba la sombra de “la otra”, que eternamente hacía las cosas mejor que yo y por la cual había abandonado a su familia.

Conforme fui creciendo, la distorsión que tenía con respecto al afecto, se fue haciendo evidente. Era desconfiada del amor que alguien pudiera sentir por mi. Era demandante y vivía aterrorizada con la idea de que me dejaran de querer. Pero a la misma vez, me costaba dejar que me quisieran. Pensaba que si no era lo suficientemente buena y entregada no me merecía el amor y agradecía hasta las migajitas que los demás quisieran darme, afectivamente hablando.

La relación con mi papá se fracturó irremediablemente aunque yo traté un millón de veces de repararla y de repente en algún momento de esa soledad y ansiedad tan terribles, algo cedió y deje de tratar de salvarla. Simplemente puse distancia en todos los sentidos.

Tuve la enorme suerte de contar con amigas que tenían relaciones preciosas con sus padres y que fueron quienes hicieron que entendiera que la del problema no era yo. La familia del que fué mi primer novio, fué un maravilloso ejemplo de la vida familiar que yo tanto añoraba. Una familia amorosa, ruidosa, alegre, unida, respetuosa, cercana a D-os, una familia imperfecta pero feliz y con una comunicación permanente. Me acogieron como a una mas de ellos y me hicieron sentir protegida. Pasé todo el tiempo que pude con ellos y aunque nuestra relación terminó, hasta el día de hoy seguimos en contacto.

Tuve la enorme suerte también de entender perfectamente, que nunca iba a tener una relación de padre e hija como la que soñaba, pero que no por esa razón iba a ir por la vida buscando en otros hombres esa figura, mucho menos iba a buscar a un hombre que como pareja, supliera esa carencia. Y mucho, pero muchísimo menos iba a permitirme ser el plato de segunda mesa de nadie.

Nunca dejé de amar profundamente a mi padre y lo perdoné conscientemente. Le escribí un poema que aun conservo y se lo leí. Pero no fue hasta que tuve 35 años que lo confronté después de mucho pensamiento, y llorando como la niñita de doce años que lo vio irse de la casa y de su vida, finalmente me atreví a decirle todo lo que había sentido por tantos años. Le dije cuanto lo había extrañado y le dije que había sido tan brutal para mi el haberlo perdido, que por muchos años había querido convertirme en todas esas otras que si lo hacían plenamente feliz y que el no lograrlo me había despedazado el alma por todo ese tiempo.

A pesar de esa dolorosa confesión, el no cambió, pero yo si. Pude finalmente dejarlo ir. Eso era lo que realmente me importaba. Dejarlo ir. Dejar ir la angustia, el desasosiego, el temor, los reproches. Dejar ir la sensación de no serle suficiente.

Dejar ir también la idea inocente de aquella niña pequeña, que en algún momento quiso ser la otra.

Mi papá falleció el 23 de abril del año 2008. Hacía varios años se había vuelto a casar con Ada, una mujer amorosa, que lo acompañó hasta el final de sus días y que trabajó con dulzura para que los cuatro hijos nos acercáramos a el y viceversa. Hasta el día de hoy, la amo y le agradezco haber sido la compañera que fue.

Lo único que había entre mi padre y yo en el momento de su muerte era un profundo amor y una relación en la cual la que había puesto las pautas finales había sido yo.

jueves, 27 de agosto de 2015

No te metas

 “Que mal me cae Fulana”, me decía una conocida hace un tiempo, refiriéndose a una persona que conocemos ambas.  Me sorprendió un poco el comentario y quise saber el porqué de su opinión.  “No sé. Yo la verdad no la conozco mas que de vista”, me dijo, “pero me han dicho que es insoportable …”

“¿Te enteraste que Sutano y Perenceja se están divorciando?, andan diciendo que ella le puso los cuernos con…” Comentaba alguien en una fiesta.

Y en una mesa de tragos : “¿Viste que los Fulanos andan con un carro viejísimo?, Eso les pasa por andar jugando de lo que no son. Ahora se quedaron sin nada. Que vergüenza debería darles…”

El chisme es uno de los deportes favoritos de la población mundial y una de las cosas que en un segundo puede tirar la reputación de una persona al piso, donde en lugar de ayudarla a levantarse, muchos sienten un gusto morboso por hacer leña del árbol caído.

¿Por qué nos gusta tanto hablar de los otros y más aún, por qué de alguna forma hay tantas personas que aman la desgracia ajena?

En televisión hay decenas de programas que toman los conflictos mas íntimos y los cuentos mas escabrosos de otras personas, para entretener a su audiencia y los ventean como banderas. Y esta audiencia se cuenta por miles de millones en los ratings de esos canales.

Mercadeo a costas de la vida de los demás.

Al público no le importa si son casos de la vida real o si son inventados. Si las lágrimas son reales o de cocodrilo.  No le importa si los problemas se solucionan o no. No le importa quien sale permanentemente dañado o si se señala a alguien injustamente. Solo disfruta del dolor ajeno, del chisme desatado y de ese delicioso saborcito de victoria con el que ven como lo que viven los demás es peor que lo que viven ellos.   Como si fuera el Coliseo Romano, se sientan a vitorear al que creen meritorio o a abuchear a quien creen culpable.  Es un placer cargado de culpa pero difícil de dejar.

“Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio”, es el dicho que aplica a la perfección.  Los demás y sus cosas son perfectos distractores de nuestros propios y a veces pesados asuntos personales y cualquier cosa que estemos pasando tiene la capacidad de hacerse mínima cuando la comparamos con el caso de alguien más.

En mi familia siempre detestamos los chismes, porque las historias propias eran por mucho, mucho mas interesantes.  Ni mi papá, ni mucho menos mi mamá tenían tiempo que perder fijándose en lo que hacían, decían o en cómo vivían los demás y así me crié yo.  Es tal vez por esta práctica de no meter las narices donde no nos invitaban directamente, que los cuentos me llegan cuanto ya son noticia vieja.  Es también la razón por la que prefiero mil veces formarme mi propia opinión acerca de las otras personas.  Esto me ha permitido descubrir en muchísima gente, de las más variadas procedencias e historias de vida, atributos maravillosos, dulzura, afinidad, empatía y fuente inagotable de amistad.  Y aunque en más de una ocasión he caído en las redes de un jugoso cuento ajeno, trato en general de mantenerme al márgen.

Los chismes son como esa bola de nieve que rodando por la ladera nevada arrasa con todo lo que se le ponga al paso y una vez que empieza a rodar es casi imposible pararla. 

Los peores chismosos que he conocido, se transforman en seres virulentos y sin tomarse el tiempo mínimo para constatar sus historias o para medir la consecuencia que sus palabras tengan con respecto a los otros y a ellos mismos, se dejan llevar por esa sed de crear drama, de dividir y vencer, de ponerse a ellos mismos como los jueces intachables y siempre inocentes.

Hace muchos años, un supuesto amigo me estaba hablando pestes sobre alguien cercano a ambos. Después de escucharlo por un tiempo, lo detuve en su diatriba y le dije que no quería escucharlo mas.  Le dije también que tenía que cuidarse mucho de lo que hablaba porque, el que habla mal con uno sobre alguien mas, va a hablar mal de uno con los demás.  No me sorprendió demasiado que el “amigo” en cuestión corrió donde la persona de la que tan mal me había hablado, y dándole vuelta a la historia, le dijo todo lo que el había hablado como si lo hubiera dicho yo… la otra persona le creyó a el y solo después de llevarse una seria decepción propia, por el mismo tema, cortó esa relación.  Al final yo quedé con la conciencia en paz y ellos dos quedaron con mi eterna desconfianza.

Mi abuelo materno decía, con una sabiduría muy práctica, que cada quien hace de su panza un tambor y de su culo un pito (perdonen el exquisito francés) y yo concuerdo al 100% con el.  En el tanto y cuanto el que está viviendo una circunstancia específica, no sea quien me la cuente, nada hago yo invadiendo su privacidad y mucho menos, emitiendo un juicio sin saber de que hablo.  No tengo ningún derecho de opinar sobre nadie, si no estoy en sus zapatos y eso me da la potestad de exigir lo mismo con respecto a mi.

Los reality shows, los cuentos y chismes de los demás pueden ser muy divertidos, pero no perdamos la perspectiva.  Solo son la historia de alguien más y lo lógico sería que la nuestra fuera tan intensa, tan compleja, tan viva y llena de matices, que cualquier otra perdiera interés.

Sócrates, uno de los pilares fundamentales de la filosofía mundial, tenía una fórmula sencilla e infalible para evitar escuchar o ser parte de algún chisme. Acá la resumo:        

Si no sabes si es verdad,
si no es ningún buen comentario acerca de la otra persona,
si no es útil comentarlo,
no metas tu nariz porque no te incumbe.